La amaba / Anna Gavalda. -- Barcelona : Seix Barral, 2003Pierre un rico industrial de sesenta y cinco años, invita a Chloé, su joven nuera, a pasar un fin de semana en la casa de campo familiar. Ella acepta, llevada por la necesidad de cambiar de aires ante el reciente abandono de su marido. La amaba está magistralmente tejida en torno al diálogo que ambos mantienen en un momento crucial de sus vidas. Él, siempre arrogante e introvertido, bajará la guardia por primera y última vez para revelarle un secreto, lo que vivió... o tal vez lo que nunca vivió.
La amaba es una novela alegre y triste a la vez, un fragmento de vida, una punzante historia de amor contada con la eficacia y la capacidad de observación que caracterizan a esta deslumbrante figura de las letras francesas. A través de un diálogo conmovedor, Anna Gavalda nos habla de nuestras vidas, nuestras dudas, nuestras renuncias, y también de nuestras esperanzas, nuestra ironía y nuestra ternura.
Recorrimos Paris cogidos de la mano. Desde el Trocader hasta la Île de la Cité, bordeando el Sena. Era una noche magnifica. Hacía calor. La luz era suave. El sol no terminaba nunca de ponerse del todo. Éramos como dos turistas, despreocupados, maravillados, la chaqueta al hombro y los dedos entrelazados. Yo hacía de guía. Hacía años que no caminaba así. Redescubría mi ciudad. Cenamos en la plaza Dauphine y pasamos los días siguientes en su habitación de hotel [...] Era maravilloso y todo estaba totalmente trucado. Todo era falso. No era la vida. No era París. Era el mes de agosto. Yo no era un turista. No estaba soltero. Mentía. Me mentía. A mi, a ella, a mi familia. Ella no se dejó engañar, y cuando llegó la hora de la resaca, de las llamadas que hacer y las mentiras que asumir, se volvió a marchar. Delante de la puerta de embarque me soltó: - Voy a tratar de vivir sin usted. Espero conseguirlo... No tuve valor para besarla.
Llevabamos diecisiete años trabajando juntos. Todo el tiempo. Todos los días. Diecisiete años soportándome, ayudándome... [...] Me sonreía cuando yo estaba triste, y se encogía de hombros cuando me ponía desagradable. Tenía apenas veinte años cuando empezó. No sabía hacer nada. Acababa de salir de la escuela de hostelería, se había ido de allí dando un portazo porque un cocinero le había pellizcado el trasero. No quería que le pellizcaran el trasero. Eso fue lo que me dijo en nuestra primera entrevista. No quería que le pellizcaran el trasero, y no quería volver con sus padres a la Creuse. ¡Volvería cuando fuera dueña de un coche para estar segura de poder volverse a marchar! La contraté por esa frase.


