CHAPARRO, Carme. No soy un monstruo. Barcelona: Espasa, 2017.En solo treinta segundos tu vida puede convertirse en una pesadilla. Si hay algo peor que una pesadilla es que esa pesadilla se repita. Y entre nuestros peores sueños, los de todos, pocos producen más angustia que un niño desaparezca sin dejar rastro. Eso es precisamente lo que ocurre al principio de esta novela: en un centro comercial, en medio del bullicio de una tarde de compras, un depredador acecha, eligiendo la presa que está a punto de arrebatar. Esas pocas líneas, esos minutos de espera, serán los últimos instantes de paz para los protagonistas de una historia a la que los calificativos comunes, «trepidante», «imposible de soltar», «sorprendente», le quedan cortos, muy cortos. Porque lo que hace Carme Chaparro en No soy un monstruo, su primera novela, es llevar al límite a sus personajes y a sus lectores. Y ni ellos ni nosotros saldremos indemnes de esta prueba.
El amor desgarrado y único, el amor que te mete para siempre el miedo en el cuerpo.
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Llevaba cuarenta y ocho meses atada a un bebé. No sabía lo que era ir al baño con la puerta cerrada, o ducharme sin prisas, o meterme en la cama sabiendo las horas que iba a dormir. Exceptuando al trabajo, iba con Pablo colgando a todos los sitios. [...] Mi vida esos dos últimos años había girado alrededor de Pablo; y el trabajo -por muy duro que suene- era el lugar al que iba a descansar de mi hijo.
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Volví a ir al cine. A salir con los amigos. A beber. A bailar. A leer. A hacer el vago. A pintarme las uñas de los pies. Volví a recuperar el ritmo de no-madre y a hacer todas esas cosas a las que no les das importancia y que echas tanto de menos cuando se te cruza la maternidad por el camino.
