martes, 1 de junio de 2010

Veneno de cristal / Donna Leon

Veneno de cristal / Donna Leon. -- Barcelona : Seix Barral, 2006.

¿Qué amenaza se cierne sobre las aguas de la laguna de Venecia? La aparición de un hombre muerto frente a uno de los hornos de fundición de una fábrica de cristal de Murano implicará al comisario Brunetti en una asombrosa trama en la que se mezclan la corrupción política y los delitos ecológicos. La víctima ha dejado pistas en un ejemplar de un libro de Dante, y Brunetti deberá adentrarse en el Infierno para descubrir quién es el autor del crimen y qué intereses ocultos se mueven en la isla de Murano.

Navegando por Venecia, caminando por callejones estrechos y en bares sombríos, Donna Leon nos descubre esa Venecia casi legendaria donde cualquier misterio es posible. Veneno de cristal es una obra fascinante, la mejor Donna Leon en su intriga más inteligente.

En un principio, fue la clásica historia de amor que acaba en boda. Un día, en Rialto, a ella se le cayó una bolsa de naranjas que rodaron por el suelo, y un desconocido que compraba gambas la ayudó a recogerlas. Ella le dió las gracias riendo, le invitó a un café por su gentileza y estuvieron charlando. Él la acompañó al barco, anotó su número de telefonino, la llamó, le preguntó si quería ver tal película y, cuatro meses después, vivían juntos.

- ¿Era aficionado a la lectura?
- Vi muchos libros en su casa.
- ¿Qué clase de libros?- Lo mismo que Brunetti, ella pensaba que los libros dicen mucho de la persona.
- No sé. Estaban en una estantería del fondo de la sala, y no me acerqué lo bastante para leer los títulos.- Los había mirado sin fijarse, pero ahora, al recordar la habitación, le parecía volver a ver los lomos con nervios y letras doradas, como los de los poetas clásicos o de las ediciones de los grandes novelistas que Paola tenía en su estudio-. Sí, era amante de la lectura - dijo al fin.

lunes, 17 de mayo de 2010

El lector. Bernhard Schlink

El lector / Bernhard Schlink.-- 10ª ed. -- Barcelona: Anagrama, 2009.

Michael Berg tiene quince años. Un día, regresando a casa del colegio, empieza a encontrarse mal y una mujer acude en su ayuda. La mujer se llama Hanna y tiene treinta y seis años. Unas semanas después, el muchacho, agradecido, le lleva a su casa un ramo de flores. Éste será el principio de una relación erótica en la que, antes de amarse, ella siempre le pide a Michael que le lea en voz alta fragmentos de Schiller, Goethe, Tolstói, Dickens... El ritual se repite durante varios meses, hasta que un día Hanna desaparece sin dejar rastro. Siete años después, Michael, estudiante de Derecho, acude al juicio contra cinco mujeres acusadas de criminales de guerra nazis y de ser las responsables de la muerte de varias personas en el campo de concentración del que eran guardianas. Una de las acusadas es Hanna. Y Michael se debate entre los gratos recuerdos y la sed de justicia, trata de comprender qué llevó a Hanna a cometer esas atrocidades, trata de descubrir quién es en realidad la mujer a la que amó... Bernhard Schlink ha escrito una deslumbrante novela sobre el amor, el horro y la piedad; sobre las heridas abiertas de la historia; sobre una generación de alemanes perseguida por un pasado que no vivieron directamente, pero cuyas sombras se ciernen sobre ellos.

A veces algún mechón de pelo se escapaba del rígido moño, se rizaba, quedaba colgando y se balanceaba acariciando la nuca, movido por la corriente de aire. A veces Hanna llevaba un vestido lo suficientemente escotado para que se viera el lunar de la parte superior del hombro izquierdo. Entonces yo me recordaba soplando levemente los pelo de aquella nuca y besando aquella nuca y aquel lunar. Pero la memoria se limita a constatar. No sentía nada.
Durante las semanas que duró el juicio, no sentí nada; tenía los sentimientos embotados. A veces intentaba provocarlos: me esforzaba por imaginarme a Hanna con toda claridad haciendo las cosas de las que la acusaban, o evocaba los momentos que el pelo de su nuca y el lunar de su hombro me traían a la memoria. Era como cuando la mano pellizca un brazo adormecido por la anestesia. El brazo no sabe que la mano lo está pellizcanso, la mano sí sabe que está pellizcando el brazo, y en el primer momento el cerebro no consigue diferenciar ambas cosas. Pero en el momento siguiente ya las diferencia. Quizá la mano ha pellizcado tan fuerte que la zona queda lívida durante unos instantes. Luego la sangre vuelve, y la zona recupera su color. Pero sigue siendo insensible.
¿Quién me había puesto la anestesia? ¿Quizá yo mismo, sabiendo que para aguantar aquello necesitaba un cierto grado de aturdimiento?

miércoles, 27 de enero de 2010

La reina en el palacio de las corrientes de aire / Stieg Larsson

La reina en el palacio de las corrientes de aire / Stieg Larsson. -- Barcelona : Destino, 2009

Como ya imaginábamos, Lisbeth no está muerta, aunque no hay muchas razones para cantar victoria: con una bala en el cerebro, necesita un milagro, o el más habilidoso cirujano, para salvar la vida. Le esperan semanas de confinamiento en el mismo centro donde un paciente muy peligroso sigue acechándola: Alexander Zalachenko, Zala. Desde la cama del hospital, y pese a su gravísimo estado, Lisbeth hace esfuerzos sobrehumanos para mantenerse alerta, porque sabe que sus impresionantes habilidades informáticas van a ser, una vez más, su mejor defensa.

Entre tanto, con una Erika Berger totalmente inmersa en las luchas de poder y las estrategias comerciales del poderoso periódico Svenska Morgon-Posten, en horas bajas tras el descenso de las ventas y de los anunciantes, Mikael se siente muy solo. Quizás Lisbeth le haya apartado de su vida, pero a medida que sus investigaciones avanzan y las oscuras razones que están tras el complot contra Salander van tomando forma, Mikael sabe que no puede dejar en manos de la Justicia y del Estado la vida y la libertad de Lisbeth. Pesan sobre ella durísimas acusaciones que hacen que la policía mantenga la orden de aislamiento, así que Kalle Blomkvist tendrá que ingeniárselas para llegar hasta ella, ayudarla, incluso a su pesar, y hacerle saber que sigue allí, a su lado, para siempre.

Los elementos de la ecuación que había formulado en el aire se le cayeron al suelo y se le desperdigaron. Oyó como los números y los signos rebotaban y tintineaban como si hubiesen cobrado forma física. [...]
Fijó la mirada en un punto de la pared situado po detrás de Teleborian, recogió los números y los signos que se le habian caido al suelo y empezó a recomponer la ecuación.

viernes, 8 de enero de 2010

La chica que soñaba con una caja de cerillas y un bidón de gasolina / Stieg Larsson

La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina / Stieg Larsson. -- Barcelona : Destino, 2009

Lisbeth Salander se ha tomado un tiempo: necesita apartarse del foco de atención y salir de Estocolmo. Trata de seguir una férrea disciplina y no contestar a las llamadas ni a los mensajes de Mikael, que no entiende por qué ha desaparecido de su vida sin dar ningún tipo de explicación. Lisbeth se cura las heridas de amor en soledad, aunque intente distraer el desencanto con el estudio de las matemáticas y ciertos placeres en una playa del Caribe.

¿Y Mikael? El gran héroe, Súper Blomkvist, vive buenos momentos en Millennium, con las finanzas de la revista saneadas y reconocimiento profesional por parte de colegas y otros medios. Ahora tiene entre manos un reportaje apasionante sobre el tráfico y la prostitución de mujeres procedentes del Este que le han propuesto una pareja, Dag y Mia.

Las vidas de nuestros dos protagonistas parecen haberse separado por completo, pero entretanto... una muchacha, atada a una cama, soporta un día tras otro las horribles visitas de un ser despreciable y, sin decir palabra, sueña con una cerilla y un bidón de gasolina, con la forma de provocar el fuego que acabe con todo.

lunes, 30 de noviembre de 2009

Los peces de la amargura / Fernando Aramburu

Los peces de la amargura / Fernando Aramburu. -- Barcelona : Tusquets, 2006.

Es difícil empezar a leer las historias en principio modestas, de una engañosa sencillez de Los peces de la amargura, y no sentirse conmovido, sacudido –a veces, indignado– por la verdad humana con que están hechas, una materia extremadamente dolorosa para tantas y tantas víctimas del crimen basado en la excusa política, pero que sólo un narrador excepcional como Aramburu logra contar de manera verídica y creíble. Un padre se aferra a sus rutinas y aficiones, como cuidar los peces, para sobrellevar el trastorno de una hija hospitalizada e inválida; un matrimonio acaba fastidiado por el hostigamiento de los fanáticos contra un vecino y esperan que éste se decida a marcharse; un joven recuerda a su compañero de juegos, que luego lo será de atentados; un hombre hace todo lo posible para que no lo señalen, y vive aterrado porque todos le dan la espalda; una mujer decide irse con sus hijos sin entender por qué la acosan. A manera de crónicas o reportajes, de testimonios en primera persona, de cartas o relatos contados a los hijos, Los peces de la amargura recoge fragmentos de vidas en las que, sin dramatismo aparente, sólo asoma la emoción –a la par que el homenaje o la denuncia– de manera indirecta o inesperada, es decir de la manera más eficaz.

Nada más darse cuenta de quién llegaba, las cuatro mujeres que en aquel instante se encontraban en la carniceria enmudecieron. La muchacha saludó sin inmutarse. No hubo respuesta.
Un silencio tenso quedó flotando en el aire donde hasta poco antes había habido un revuelo de risas y voces de señoras que hablaban todas al mismo tiempo. La que tenía la vez hizo su pedido en tono cortante. La dueña partió con entrecejo fruncido varios trozos de una caña de vaca que reposaba sobre la tabla de cortar. Había una rotundidad de enfado en los hachazos. La hija de Zubillaga espero su turno junto a un extremo del mostrador. Llegaron mientras tanto dos señoras. Una de ellas preguntó quien estaba la última. La muchacha respondió con forzada naturalidad. La otra hizo como que no se enteraba.
Cuando llegó el turno de la hija de Zubillaga, la carnicera dirigió la palabra a una de las señoras que había venido más tarde que la muchacha. Ésta dijo con suavidad que le tocaba a ella. La carnicera siguió hablando con la otra. ¿Qué te pongo? La hija de Zubillaga se arrimó sin titubeos al centro del mostrador. Doscientos gramos de jamón serrano. Lo tuvo que repetir. No me queda, respondió con sequedad la carnicera. La hija de Zubillaga señaló con el dedo la pieza de jamón colocada sobre la repisa de mármol cuajada de fiambres. Doscientos gramos de ése, por favor. La carnicera se dignó mirarla a la cara por vez primera. Una mueca de desprecio torcía su boca cuando dijo: Yo no vendo a los enemigos de Euskal Herria.

jueves, 26 de noviembre de 2009

La soledad de los números primos / Paolo Giordano

Giordano, Paolo / La soledad de los números primos.- Barcelona: Salamandra, 2009

Con tan sólo veintiséis años, Paolo Giordano se ha convertido en el fenómeno editorial más relevante de los últimos tiempos en Italia. La soledad de los números primos, primera novela de este licenciado en Física Teórica, ha sido galardonada con el Premio Strega 2008 —el más importante de Italia— y ha conseguido un éxito sin precedentes para un autor novel: más de un millón de ejemplares vendidos. Asimismo, ha despertado un gran interés internacional y será traducida a veintitrés idiomas.
Existen entre los números primos algunos aún más especiales. Son aquellos que los matemáticos llaman primos gemelos, pues entre ellos se interpone siempre un número par. Así, números como el 11 y el 13, el 17 y el 19, o el 41 y el 43, permanecen próximos, pero sin llegar a tocarse nunca. Esta verdad matemática es la hermosa metáfora que el autor ha escogido para narrar la conmovedora historia de Alice y Mattia, dos seres cuyas vidas han quedado condicionadas por las consecuencias irreversibles de sendos episodios ocurridos en su niñez. Desde la adolescencia hasta bien entrada la edad adulta, y pese a la fuerte atracción que indudablemente los une, la vida erigirá entre ellos barreras invisibles que pondrán a prueba la solidez de su relación. La sutileza de los rasgos psicológicos de los personajes, así como la hondura y complejidad de una historia que suscita en los lectores las reacciones más variadas, resaltan la admirable madurez literaria de este joven autor a la hora de asomarse, nada más y nada menos, a la esencia de la soledad.

Iban sentados cada uno en un extremo del asiento. Mattia miraba cómo cambiaban los números del taxímetro; cómo, apagándose y encendiéndose, los segmentos rojos componían las distintas cifras.
Ella iba pensando en el ridículo espacio de soledad que los separaba y armándose de valor para ocuparlo. Su apartamento quedaba a un par de manzanas, y el tiempo, como la calle, pasaba deprisa; no solamente el tiempo de aquella noche, sino el tiempo de lo posible, el tiempo de sus treinta y cinco años incompletos. El último año, desde que rompiera con Martín, venía sintiéndose más y más extraña a aquel lugar, padeciendo más aquel frío que secaba la piel y que ni siquiera en verano remitía del todo. Pero tampoco se decidía a marcharse, porque a esas alturas dependía de aquel mundo, se había atado a él con la obstinación con que uno se ata a las cosas que lo perjudican.

viernes, 6 de noviembre de 2009

Cosmofobia / Lucía Etxebarría

Etxebarría, Lucía / Cosmofobia. - Barcelona: Booket, 2008

De la mano de varios personajes que se entrecruzan a lo laro de toda la obra, con una prosa más depurada que nunca, Lucía Etxebarría tranza amores y destinos entre los habitante de uno de los barrios más representativos de Madrid, Lavapiés. La autora dibuja un fresco sobre la inmigración, la pluralidad étnica y la lucha diaria, entre la modernidad y la miseria, por salir adelante.


... Ismael sabe que los sentimientos que más duelen son los más absurdos. El ansia de cosas imposibles, la nostalgia de lo que nunca ha existido, el deseo de lo que podría haber sido, la envidia de los otros, el abismo que se abre entre la realidad y el deseo, entre la voluntad y la evidencia.

[...]

Resultaba triste admitirlo, zanjar así lo que había vivido como el amor de su vida, pero más triste habría resultado no darse cuenta y pasarse toda la vida añorando una equivocación como aquella. Porque la cabeza trama sus intrincadas redes y la pasión nunca es, en realidad, como se la inventa. Y un día la flota de recuerdos naufraga en la noche, en el agua oscura de la desmemoria y, cuando una deja de sufrir, ya ha olvidado. Y, con un poco de suerte, también ha aprendido.