jueves, 15 de julio de 2010

Asesinos sin rostro / Henning Mankell

Asesinos sin rostro / Henning Mankell. -- Barcelona : Tusquets, 2001
Kurt Wallander atraviesa uno de los momentos más sombríos de su vida personal (sus relaciones familiares son un desastre, está ganando peso, bebe mucho y duerme poco) cuando tiene que ponerse al frente de la investigación del asesinato de un apacible matrimonio de ancianos, en una granja de Lenarp. El marido ha sido horriblemente torturado y la mujer muere estrangulada poco a poco, con el tiempo justo de pronunciar antes de morir la palabra 'extranjero'. Kurt Wallander y sus colegas deberán enfrentarse no sólo a un asesino muy especial, que tiene la sangre fría de alimentar a los caballos del establo después del crimen, sino a una comunidad irascible presa de insospechados prejuicios raciales. Wallander sabe de sobra que la pacífica apariencia de algunas personas oculta a veces a un autentico monstruo, de modo que no se hace ilusiones acerca de la sociedad en la que vive...

Cada vez que Kurt Wallander entraba en un piso desconocido, pensaba que estaba mirando las tapas de un libro que le acababan de dar. El piso, los muebles, los cuadros, los olores, eran el título. Entonces empezaría a leer. Pero el piso de Ellen Magnuson era inodoro. Como si Kurt Wallander se encontrase en un lugar deshabitado. Respiró el olor a desolación. Una gris resignación.
[...]
Rydberg se sentó en una silla junto a la ventana. Kurt Wallander pensó que algún día le preguntaría por qué siempre se sentaba al lado de la ventana.
"¿De donde vienen nuestras costumbres?", pensó. "¿En qué fábrica secreta se producen nuestros hábitos y manías?"
Ellen Magnuson le sirvió café.
Pensó que debía empezar.
-Goran Boman de la policía de Kristianstad estuvo aquí y le hizo unas cuantas preguntas -dijo-. No se sorprenda si le hacemos las mismas preguntas otra vez.
- Tampoco se sorprenda si recibe las mismas respuestas - replicó Ellen Magnuson.

viernes, 18 de junio de 2010

La amaba / Anna Gavalda

La amaba / Anna Gavalda. -- Barcelona : Seix Barral, 2003

Pierre un rico industrial de sesenta y cinco años, invita a Chloé, su joven nuera, a pasar un fin de semana en la casa de campo familiar. Ella acepta, llevada por la necesidad de cambiar de aires ante el reciente abandono de su marido. La amaba está magistralmente tejida en torno al diálogo que ambos mantienen en un momento crucial de sus vidas. Él, siempre arrogante e introvertido, bajará la guardia por primera y última vez para revelarle un secreto, lo que vivió... o tal vez lo que nunca vivió.
La amaba es una novela alegre y triste a la vez, un fragmento de vida, una punzante historia de amor contada con la eficacia y la capacidad de observación que caracterizan a esta deslumbrante figura de las letras francesas. A través de un diálogo conmovedor, Anna Gavalda nos habla de nuestras vidas, nuestras dudas, nuestras renuncias, y también de nuestras esperanzas, nuestra ironía y nuestra ternura.

Recorrimos Paris cogidos de la mano. Desde el Trocader hasta la Île de la Cité, bordeando el Sena. Era una noche magnifica. Hacía calor. La luz era suave. El sol no terminaba nunca de ponerse del todo. Éramos como dos turistas, despreocupados, maravillados, la chaqueta al hombro y los dedos entrelazados. Yo hacía de guía. Hacía años que no caminaba así. Redescubría mi ciudad. Cenamos en la plaza Dauphine y pasamos los días siguientes en su habitación de hotel [...] Era maravilloso y todo estaba totalmente trucado. Todo era falso. No era la vida. No era París. Era el mes de agosto. Yo no era un turista. No estaba soltero. Mentía. Me mentía. A mi, a ella, a mi familia. Ella no se dejó engañar, y cuando llegó la hora de la resaca, de las llamadas que hacer y las mentiras que asumir, se volvió a marchar. Delante de la puerta de embarque me soltó: - Voy a tratar de vivir sin usted. Espero conseguirlo... No tuve valor para besarla.

Llevabamos diecisiete años trabajando juntos. Todo el tiempo. Todos los días. Diecisiete años soportándome, ayudándome... [...] Me sonreía cuando yo estaba triste, y se encogía de hombros cuando me ponía desagradable. Tenía apenas veinte años cuando empezó. No sabía hacer nada. Acababa de salir de la escuela de hostelería, se había ido de allí dando un portazo porque un cocinero le había pellizcado el trasero. No quería que le pellizcaran el trasero. Eso fue lo que me dijo en nuestra primera entrevista.
No quería que le pellizcaran el trasero, y no quería volver con sus padres a la Creuse. ¡Volvería cuando fuera dueña de un coche para estar segura de poder volverse a marchar! La contraté por esa frase.

miércoles, 9 de junio de 2010

Contra el viento / Ángeles Caso

Contra el viento / Ángeles Caso. -- Barcelona : Planeta, 2009.

La niña São, nacida para trabajar, como todas en su aldea, decide construirse una vida mejor en Europa. Tras aprender a levantarse una y otra vez encontrará una amistad nueva con una mujer española que se ahoga en sus inseguridades. São le devolverá las ganas de vivir y juntas construirán un vínculo indestructible, que las hará fuertes.

Conmovedora historia de amistad entre dos mujeres que viven en mundos opuestos narrada con la belleza de la realidad. Una novela llena de sensibilidad para lectores ávidos de aventura y emoción.

Y se dió cuenta de que jamás, nunca, podría estudiar. Era pobre, y en el libro de la vida de los pobres estaba escrito que no tienen acceso a la sabiduría, que deben trabajar desde pequeños para obtener un poquito de aquello que a los ricos les es concedido a raudales, la simple comida, un vestido para cubrir el cuerpo, cuatro paredes y un techo entre los cuales protegerse de los aguaceros o del sol inclemente del mediodía. Cuatro paredes y un techo, con suerte, capaces de albergar los sueños que eran sólo eso, sueños, imágenes absurdas que tan sólo deberían aparecer mientras una está dormida y su razón se descompone. Los malditos sueños que nos hacen creer que el mundo puede ser un lugar luminoso, el ámbito tibio donde transcurre una existencia plácida y justa en la que recibes tanto como das, en la que todo esfuerzo tiene su recompensa y cada lucha en pos de su anhelo concluye en un resplandeciente final victorioso.


martes, 1 de junio de 2010

Seven / Anthony Bruno

Seven / Anthony Bruno. -- Barcelona : Ediciones B, 1996.

El teniente Somerset, del departamento de homicidios, está a punto de jubilarse y ser reemplazado por el ambicioso y brillante detective David Mills.

Ambos tendrán que colaborar en la resolución de una serie de asesinatos cometidos por un psicópata que toma como base la relación de los siete pecados capitales: gula, pereza, soberbia, avaricia, envidia, lujuria e ira.

Los cuerpos de las víctimas, sobre los que el asesino se ensaña de manera impúdica, se convertirán para los policías en un enigma que les obligará a viajar al horror y la barbarie más absoluta.

Somerset siguió subiendo y pasó entre las enormes columnsas de la biblioteca antes de llamar a las puertas de cristal con la palma de la mano. [...]
Mientras Somerset caminaba sobre el marmol verde del vestíbulo, una familiar sensación de calma se apoderó de él y le relajó los músculos de los hombros. Miró a través de la puerta de doble hoja que había tras el mostrador de salida y contempló la inmensa sala de lecturan principal con sus mesas largas y coronadas por lámparas articuladas de pantalla verde. Numerosas estanterías se alineaban a lo largo de las paredes desde el suelo hasta el techo. Las demás estanterías se hallaban al otro lado de la sala de lectura, a lo largo de innumerables pasillos de libros. Y en el piso superior había más estanterías, literalmente kilómetros de libros. Aquello era el paraíso para Somerset. Hubiese podido vivir allí. [...]
Oía a los hombres (vigilantes nocturnos de la biblioteca) hablar en el piso superior mientras jugaban al póquer.
-Con todos estos libros -les gritó-, un mundo entero de conocimiento a vuestra disposición, y os pasáis toda la noche jugando al poquer.

Veneno de cristal / Donna Leon

Veneno de cristal / Donna Leon. -- Barcelona : Seix Barral, 2006.

¿Qué amenaza se cierne sobre las aguas de la laguna de Venecia? La aparición de un hombre muerto frente a uno de los hornos de fundición de una fábrica de cristal de Murano implicará al comisario Brunetti en una asombrosa trama en la que se mezclan la corrupción política y los delitos ecológicos. La víctima ha dejado pistas en un ejemplar de un libro de Dante, y Brunetti deberá adentrarse en el Infierno para descubrir quién es el autor del crimen y qué intereses ocultos se mueven en la isla de Murano.

Navegando por Venecia, caminando por callejones estrechos y en bares sombríos, Donna Leon nos descubre esa Venecia casi legendaria donde cualquier misterio es posible. Veneno de cristal es una obra fascinante, la mejor Donna Leon en su intriga más inteligente.

En un principio, fue la clásica historia de amor que acaba en boda. Un día, en Rialto, a ella se le cayó una bolsa de naranjas que rodaron por el suelo, y un desconocido que compraba gambas la ayudó a recogerlas. Ella le dió las gracias riendo, le invitó a un café por su gentileza y estuvieron charlando. Él la acompañó al barco, anotó su número de telefonino, la llamó, le preguntó si quería ver tal película y, cuatro meses después, vivían juntos.

- ¿Era aficionado a la lectura?
- Vi muchos libros en su casa.
- ¿Qué clase de libros?- Lo mismo que Brunetti, ella pensaba que los libros dicen mucho de la persona.
- No sé. Estaban en una estantería del fondo de la sala, y no me acerqué lo bastante para leer los títulos.- Los había mirado sin fijarse, pero ahora, al recordar la habitación, le parecía volver a ver los lomos con nervios y letras doradas, como los de los poetas clásicos o de las ediciones de los grandes novelistas que Paola tenía en su estudio-. Sí, era amante de la lectura - dijo al fin.

lunes, 17 de mayo de 2010

El lector. Bernhard Schlink

El lector / Bernhard Schlink.-- 10ª ed. -- Barcelona: Anagrama, 2009.

Michael Berg tiene quince años. Un día, regresando a casa del colegio, empieza a encontrarse mal y una mujer acude en su ayuda. La mujer se llama Hanna y tiene treinta y seis años. Unas semanas después, el muchacho, agradecido, le lleva a su casa un ramo de flores. Éste será el principio de una relación erótica en la que, antes de amarse, ella siempre le pide a Michael que le lea en voz alta fragmentos de Schiller, Goethe, Tolstói, Dickens... El ritual se repite durante varios meses, hasta que un día Hanna desaparece sin dejar rastro. Siete años después, Michael, estudiante de Derecho, acude al juicio contra cinco mujeres acusadas de criminales de guerra nazis y de ser las responsables de la muerte de varias personas en el campo de concentración del que eran guardianas. Una de las acusadas es Hanna. Y Michael se debate entre los gratos recuerdos y la sed de justicia, trata de comprender qué llevó a Hanna a cometer esas atrocidades, trata de descubrir quién es en realidad la mujer a la que amó... Bernhard Schlink ha escrito una deslumbrante novela sobre el amor, el horro y la piedad; sobre las heridas abiertas de la historia; sobre una generación de alemanes perseguida por un pasado que no vivieron directamente, pero cuyas sombras se ciernen sobre ellos.

A veces algún mechón de pelo se escapaba del rígido moño, se rizaba, quedaba colgando y se balanceaba acariciando la nuca, movido por la corriente de aire. A veces Hanna llevaba un vestido lo suficientemente escotado para que se viera el lunar de la parte superior del hombro izquierdo. Entonces yo me recordaba soplando levemente los pelo de aquella nuca y besando aquella nuca y aquel lunar. Pero la memoria se limita a constatar. No sentía nada.
Durante las semanas que duró el juicio, no sentí nada; tenía los sentimientos embotados. A veces intentaba provocarlos: me esforzaba por imaginarme a Hanna con toda claridad haciendo las cosas de las que la acusaban, o evocaba los momentos que el pelo de su nuca y el lunar de su hombro me traían a la memoria. Era como cuando la mano pellizca un brazo adormecido por la anestesia. El brazo no sabe que la mano lo está pellizcanso, la mano sí sabe que está pellizcando el brazo, y en el primer momento el cerebro no consigue diferenciar ambas cosas. Pero en el momento siguiente ya las diferencia. Quizá la mano ha pellizcado tan fuerte que la zona queda lívida durante unos instantes. Luego la sangre vuelve, y la zona recupera su color. Pero sigue siendo insensible.
¿Quién me había puesto la anestesia? ¿Quizá yo mismo, sabiendo que para aguantar aquello necesitaba un cierto grado de aturdimiento?

miércoles, 27 de enero de 2010

La reina en el palacio de las corrientes de aire / Stieg Larsson

La reina en el palacio de las corrientes de aire / Stieg Larsson. -- Barcelona : Destino, 2009

Como ya imaginábamos, Lisbeth no está muerta, aunque no hay muchas razones para cantar victoria: con una bala en el cerebro, necesita un milagro, o el más habilidoso cirujano, para salvar la vida. Le esperan semanas de confinamiento en el mismo centro donde un paciente muy peligroso sigue acechándola: Alexander Zalachenko, Zala. Desde la cama del hospital, y pese a su gravísimo estado, Lisbeth hace esfuerzos sobrehumanos para mantenerse alerta, porque sabe que sus impresionantes habilidades informáticas van a ser, una vez más, su mejor defensa.

Entre tanto, con una Erika Berger totalmente inmersa en las luchas de poder y las estrategias comerciales del poderoso periódico Svenska Morgon-Posten, en horas bajas tras el descenso de las ventas y de los anunciantes, Mikael se siente muy solo. Quizás Lisbeth le haya apartado de su vida, pero a medida que sus investigaciones avanzan y las oscuras razones que están tras el complot contra Salander van tomando forma, Mikael sabe que no puede dejar en manos de la Justicia y del Estado la vida y la libertad de Lisbeth. Pesan sobre ella durísimas acusaciones que hacen que la policía mantenga la orden de aislamiento, así que Kalle Blomkvist tendrá que ingeniárselas para llegar hasta ella, ayudarla, incluso a su pesar, y hacerle saber que sigue allí, a su lado, para siempre.

Los elementos de la ecuación que había formulado en el aire se le cayeron al suelo y se le desperdigaron. Oyó como los números y los signos rebotaban y tintineaban como si hubiesen cobrado forma física. [...]
Fijó la mirada en un punto de la pared situado po detrás de Teleborian, recogió los números y los signos que se le habian caido al suelo y empezó a recomponer la ecuación.