sábado, 10 de marzo de 2012

Amor perdurable / Ian McEwan

McEwan, Ian. Amor perdurable.-- Barcelona: Anagrama, 1998

Joe y Clarissa son una pareja feliz. Él se dedica a escribir sobre temas científicos, tras haber abandonado la investigación; ella es una profesora de literatura inglesa que regresa a Inglaterra tras un breve período de investigación en Harvard. Joe ha ido a esperarla al aeropuerto, y desde allí han marchado directamente a los verdes prados de las colinas de Chiltern, a un delicioso almuerzo campestre que aúna los refinados placeres del vino francés, la naturaleza y el reencuentro amoroso. Pero en medio de aquel sensato, civilizado paraíso, y casi sin que ellos se den cuenta, se introducirá una serpiente, inesperada e inocente, pero no por ello menos terrible. Los tripulantes de un globo, un anciano y su nieto, se ven en serias dificultades. El aerostato, incontrolado, sube en el aire con el niño dentro, y Joe y otros hombres presentes en el lugar corren a socorrerlo. Todo es cuestión de segundos, y en aquel extraño nudo de encuentros urdido por el destino, el muy racional Joe conoce a Jed Parry, un fanático religioso, un «Jesus freak» que se enamorará obsesiva e implacablemente del cada vez más horrorizado Joe... Ian McEwan, con una sutil ironía y su peculiar gusto por la comicidad más ominosa, urde una ambigua fábula moral, un thriller apasionante acerca de la naturaleza misma del amor, y su localización en la encrucijada entre la racionalidad y la locura.

Debo declarar algo. Quizá hubo un vago objetivo común, pero no llegamos a actuar en equipo. No tuvimos oportunidad, ni tiempo. Coincidencias de momento, lugar y la predisposición a ayudar nos habían reunido bajo el globo. Nadie estaba al mano, o todos lo estábamos y gritábamos a la vez. Al piloto, con la cara colorada, desgañitando y sudoroso, no le hacíamos caso. Exudaba incompetencia como si fuese calor. Pero nosotros también intercambiábamos instrucciones a gritos. Estoy convencido de que si hubiese mandado yo, la tragedia no habría ocurrido. Después oí que otros decían los mismo, refiriéndose a sí mismos. Pero no hubo tiempo ni ocasión de mostrar firmeza de carácter. Cualquier dirigente, cualquier plan sólido habría sido preferible a ninguno. Los antropólogos no han observado ninguna sociedad humana, desde el cazador-recolector al hombre postindustrial, en la que no haya habido dirigentes y dirigidos; y jamás se ha abordado ninguna emergencia de manera eficaz sin un proceso democrático.
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Quizá me encontrara mejor en la Biblioteca Wellcome. Aquí la selección de ciencias era irrisoria. Parecían dar por sentado que el mundo podía entenderse suficientemente a través de ficciones, historias y biografías. ¿Realmente creían los analfabetos científicos que dirigían aquel lugar y que se atrevían a llamarse personas cultas, que la literatura era el mayor logro intelectual de nuestra civilización?
Esta perorata interior quizá durase unos minutos. Perdido en ella, era como si yo no existiese [...] No era, por supuesto, una tabla chirriante del entarimado ni la dirección de la biblioteca lo que me molestaba, sino mi situación emocional, el estado mental y visceral que aún tenía que comprender.

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