Läckberg, Camilla. Las huellas imborrables. Madrid: Maeva, 2011El verano llega a su fin y la escritora Erica Falck vuelve al trabajo tras la baja de maternidad. Ahora le toca a su compañero, el comisario Patrik Hedström, tomarse un tiempo libre para ocuparse de la pequeña Maja. Pero el crimen no descansa nunca, ni siquiera en la tranquila ciudad de Fjällbacka, y cuando dos adolescentes descubren el cadáver de Erik Frankel, Patrik compaginará el cuidado de su hija con su interés por el asesinato de este historiador especializado en la Segunda Guerra Mundial.
Mientras tanto, Erika hace un sorprendente hallazgo: los diarios de su madre Elsy, con quien tuvo una relación difícil, junto con una antigua medalla nazi. Pero lo más inquietante es que, poco antes de la muerte del historiador, Erika había ido a su casa para obtener más información sobre la medalla. ¿Es posible que su visita desencadenara los acontecimientos que condujeron a su muerte?
No iba maquillada, era de facciones bonitas, pero tenía aspecto de estar... algo cansada... Por la vida de ama de casa con niños pequeños, pensó Erica diciéndose que tampoco ella habría superado una inspección minuciosa antes de conseguir que Maja durmiese bien por las noches.
En la biblioteca el ambiente era tan apacible como de costumbre. Había pasado allí muchas horas: las bibliotecas tenían algo que le infundía una sensación de infinita satisfacción.
Volvió la cabeza y observó su perfil mientras ella miraba abstraída por la ventana. De repente, tomó conciencia de hasta qué punto la quería. Resultaba tan fácil olvidarlo... Resultaba tan fácil que la vida y el día a día rodasen sin parar, el trabajo, las tareas domésticas y... los días, pasando uno tras otro. Pero había momentos como aquel, en los que sentía con una fuerza aterradora hasta qué punto estaban unidos. Y cómo adoraba despertar a su lado cada mañana.
No pudo evitar sentir cierta fascinación por cuanto estaba sucediendo ante su vista. Claro qu él sabía que lo de traer niños al mundo era un proceso doloroso, pero jamás tuvo conciencia del esfuerzo hercúleo que exigía y, por primera vez en su vida, sintió un profundo respeto por el sexo femenino. Él jamás habría superado aquello, de eso estaba convencido. [...] La matrona tenía razón. Dos contracciones más tarde se deslizó hacia el exterior un bebé que colocaron enseguida en la barriga de Johanna. Melberg estaba fascinado y con los ojos como platos. Claro que él conocía la teoría, pero verlo en vivo... Ver que salía un niño, que movía los brazos y los pies y que protestaba llorando o moviendo la cabeza en torno al pecho de Johanna.
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