Cuando Pamela Druckerman, una periodista estadounidense que acaba de mudarse a vivir a París, tiene un bebé, no aspira a convertirse en una «mamá a la francesa». Nunca se había imaginado que el modo en que los franceses crían a sus hijos fuese especialmente digno de admiración. No es algo concreto, como la moda o los quesos franceses; nadie viaja a Francia para empaparse de las ideas de sus habitantes con respecto a la autoridad de los padres o el manejo de la culpa. Sin embargo, la autora observa que los niños franceses se comportan educadamente en los restaurantes y comen de todo, duermen toda la noche desde los cuatro meses, no gritan ni piden cosas constantemente y saben jugar solos mientras sus padres los observan a distancia o charlan con sus amistades... ¿Cómo es posible? ¿Cuál es el secreto?Decidida a desentrañar el misterio y con una libreta escondida en la bolsa de los pañales, la periodista emprende una investigación sobre las claves de una sociedad integrada por pequeños gastrónomos dormilones y progenitores razonablemente relajados. Con una narración literaria a medio camino entre la carcajada y la desesperación, nos brinda toda una investigación sobre la educación del bebé, la imposición de reglas y sobre cómo inculcar la virtud de la paciencia. UN LIBRO IMPRESCINDIBLE PARA CUALQUIERA QUE VAYA A TENER UN BEBÉ Y PARA TODOS ESOS PADRES ANGUSTIADOS Y ESAS MADRES OJEROSAS A LAS QUE LES ENCANTARÍA CONVERTIRSE EN UNA «MAMÁ CRUASÁN»
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Un titular del periódico británico Daily Mail reza así: "Los padres de recién nacidos pierden SEIS MESES de sueño durante los dos primeros años de vida de sus bebés".
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- Mi primera intervención consiste en recomendar que al nacer el bebé no se esté absolutamente pendiente de él por las noches -dice Cohen-. Hay que dar a los bebés la oportunidad de que se tranquilicen ellos solos y no responder de un modo automático, ni siquiera cuando acaban de nacer. [...]
La recomendación que hace Cohen de detenerse un poquito parece la prolongación natural del hábito de "observar" al bebé. Si una madre se levanta de un salto para coger en brazos a su criatura tan pronto la oye llorar, no se puede decir en sentido estricto que la esté "observando". Para Cohen esa pausa es crucial. Él afirma que recurrir a ella desde el principio tiene efectos muy importantes sobre el modo en que duermen los bebés. "Aquellos padres un poco menos reactivos frente a los lloros nocturnos siempre han tenido hijos que han dormido bien, mientras que aquellos caracterizados por acudir a toda prisa a atender a sus bebés consiguieron que estos se despertaran repetidas veces hasta que la situación se volvió insoportable", escribe el pediatra.
Un motivo que justifica esta pausa es que los bebés se mueven mucho y hacen muchos ruidos cuando están durmiendo. Es algo normal y no representa ningún problema. Si los padres corren a coger en brazos a la criatura cada vez que pía, conseguirán despertarla en más de una ocasión.
Otra razón para deternerse un momento es que los bebés se despiertan entre cada ciclo de sueño, que dura unas dos horas, y el siguiente. Es normal que lloren un poco cuando aún están aprendiendo a conectar estos ciclos. Si los padres interpretan de forma automática que este lloro es una demanda de alimento o que refleja un malestar y acuden a toda prisa a consolar al bebé, a este le costará bastante conectar los ciclos por sí mismo. En otras palabras, necesitará que un adulto intervenga para volver a inducirle el sueño al final de cada ciclo.
Los recién nacidos son típicamente incapaces de encadenar los ciclos de sueño por sí solos, pero a partir aproximadamente de los dos o tres meses lo suelen conseguir, siempre y cuando se les dé la oportunidad de aprender a hacerlo. Y según Cohen , encadenar los ciclos de sueño es como montar en bici: si un bebé consigue volver a dormirse de forma autónoma aunque solo sea una vez, le resultará más fácil repetir la operación la próxima vez.
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[...] un aspecto crucial a la hora de conseguir que el bebé duerma por las noches de un tirón -no importa la edad que tenga- es estar convencidos de que lo va a conseguir.
Si los padres no se lo creen, no funcionará -dice-. Yo, por ejemplo, siempre pienso que el bebé dormirá mejor la noche siguiente. Siempre tengo esperanzas, aunque acabe despertándose a las tres horas. Hay que creer.
Podría ser que los bebés franceses se esfuercen por satisfacer las expectativas de sus padres y cuidadores. Acaso nuestros hijos duermen conforme a lo que esperamos de ellos y el mero hehco de creer que su sueño se acomoda a un ritmo particular nos ayuda a encontrar dicho ritmo.
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- Yo creo que los niños que son muy inteligentes y no están muy disciplinados son insufribles de pequeños. Pero también pienso que de mayores su creatividad está menos reprimida -dice.
Es muy difícil saber donde están los límites correctos. Al obligar a Leo a permanecer en un corralito o en el arenero, ¿estoy impidiendo que algún día descubra la cura del cáncer? ¿Dónde acaba la libertad de expresión del niño y empieza una mala conducta sin justificación? Cuando permito que mis hijos se detengan a explorar todas y cada una de las tapas de alcantarilla que nos vamos encontrando en la acera, ¿les estimulo a "perseguir su felicidad" o los convierto en niños malcriados?
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- En francés tenemos un dicho: es más fácil aflojar una tuerca que apretarla. O sea, que hay que ser muy exigente. Si te pasas de exigente, siempre puedes aflojar. Pero si eres muy permisivo... olvídate de apretar después.
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