lunes, 26 de marzo de 2012

Rosa Cándida / Audur Ava Olafsdóttir

Ólafsdóttir, Audur Aba. Rosa candida. Marid : Alfaguara, 2012

El joven Arnljótur decide abandonar su casa, a su hermano gemelo autista, a su padre octogenario y los paisajes crepusculares de montañas de lava cubiertas de líquenes. Su madre acaba de tener un accidente y, al borde de la muerte, aún reúne fuerzas para llamarle y darle unos últimos consejos. Un fuerte lazo les une: el invernadero donde ella cultivaba una extraña variedad de rosa: la rosa candida, de ocho pétalos y sin espinas. Fue allí donde una noche, imprevisiblemente, Arnljótur amó a Anna, una amiga de un amigo.

En un país cercano, en un antiguo monasterio, existe una rosaleda legendaria. De camino hacia ese destino, Arnljótur está, sin saberlo, iniciando un viaje en busca de sí mismo, y del amor perdido.

Mientras probaba a llevar en brazos al bebé, la madre de mi hjija me observaba con detenimiento. El gesto de su propio rostro podía indicar que tenía deseos de llorar, o bien de desaparecer de allí y dejarme solo con la niña. Fui yo quien se echó a llorar al final, y no la madre. Ella me miró asombrada, lo mismo sucedió a la comadrona y a la residente. "Cuando tienes un hijo, no digamos cuando es el primer hijo, los sentimientos pueden estallar", explica la matrona. Lo dijo con estas palabras, habló de los sentimientos que pueden estallar.

Por muy padre que sea, no tengo ni idea de qué es lo mejor para un bebé, ni siquiera sé qué es lo mejor para mí. Puede decirse que he acabado teniendo un hijo antes de empezar siquiera a plantearme si tendría hijos alguna vez.

Aunque resulte un poco enredoso tener que ir a todas partes con un coche de bebé, he de reconocer que es estupendo poder meter todas las compras en la cestita y a los pies de la niña.



miércoles, 14 de marzo de 2012

Dos cuentos de Miguel Delibes

Delibes, Miguel. Dos cuentos de Miguel Delibes. Valladolid: Junta de Castilla y León: Fundación Miguel Delibes, 2011

Dos cuentos de Miguel Delibes: El conejo y El cuco. Uno está tomado de La mortaja y otro de Tres pájaros de cuenta.
En El conejo, el herrador da un conejo a Juan y a su hermano pequeño Adolfo, con la promesa de que sabrán cuidarle, pero… En El cuco es el mismo Miguel Delibes quien narra y explica cómo actúa el cuco y cuenta dos experiencias que presenció: sobre un cuco que gorroneaba en un nido de petirrojos y sobre otro que lo hacía en uno de verderones.
Son relatos que hablan, con el lenguaje preciso del autor, del aprendizaje de niños de ciudad en el campo, el primero, y de las tensiones que se dan en la naturaleza, el segundo. A quien ya conozca a Delibes no es necesario advertirle de que son historias realistas y nada blandas.

En un principio el conejo mostraba alguna desconfianza, pero tan pronto advirtió que los pequeños se aproximaban para llevarle alimentos se ponía de manos para recibir las hojas de berza y aún las comía delante de ellos. Ya no lo temblaban los costados si los niños lo cogían, y le gustaba agazaparse al sol, en un rincón, cuando Juan lo sacaba de la cueva para airearse.
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Pero lo verdaderamente característico del cuco es su incapacidad para incubar y nutrir a sus crías, quizá porque su puesta es tan numeros -ocho o doce huevos- y el apetito de la prole tan voraz que una pareja por sí sola no bastaría para alimentarla. El cuco no se toma, pues, el trabajo ni de costruir su casa. Llegado el momnto de la postura, observa en derredor a los pajaritos que se afanan en hacer sus nidos y, una vez concluida la obra, y aovados éstos, el cuco empieza a repartir sus huevos entre ellos, mezclándolos con los otros, aprovechando la ausencia de los padres.

sábado, 10 de marzo de 2012

Amor perdurable / Ian McEwan

McEwan, Ian. Amor perdurable.-- Barcelona: Anagrama, 1998

Joe y Clarissa son una pareja feliz. Él se dedica a escribir sobre temas científicos, tras haber abandonado la investigación; ella es una profesora de literatura inglesa que regresa a Inglaterra tras un breve período de investigación en Harvard. Joe ha ido a esperarla al aeropuerto, y desde allí han marchado directamente a los verdes prados de las colinas de Chiltern, a un delicioso almuerzo campestre que aúna los refinados placeres del vino francés, la naturaleza y el reencuentro amoroso. Pero en medio de aquel sensato, civilizado paraíso, y casi sin que ellos se den cuenta, se introducirá una serpiente, inesperada e inocente, pero no por ello menos terrible. Los tripulantes de un globo, un anciano y su nieto, se ven en serias dificultades. El aerostato, incontrolado, sube en el aire con el niño dentro, y Joe y otros hombres presentes en el lugar corren a socorrerlo. Todo es cuestión de segundos, y en aquel extraño nudo de encuentros urdido por el destino, el muy racional Joe conoce a Jed Parry, un fanático religioso, un «Jesus freak» que se enamorará obsesiva e implacablemente del cada vez más horrorizado Joe... Ian McEwan, con una sutil ironía y su peculiar gusto por la comicidad más ominosa, urde una ambigua fábula moral, un thriller apasionante acerca de la naturaleza misma del amor, y su localización en la encrucijada entre la racionalidad y la locura.

Debo declarar algo. Quizá hubo un vago objetivo común, pero no llegamos a actuar en equipo. No tuvimos oportunidad, ni tiempo. Coincidencias de momento, lugar y la predisposición a ayudar nos habían reunido bajo el globo. Nadie estaba al mano, o todos lo estábamos y gritábamos a la vez. Al piloto, con la cara colorada, desgañitando y sudoroso, no le hacíamos caso. Exudaba incompetencia como si fuese calor. Pero nosotros también intercambiábamos instrucciones a gritos. Estoy convencido de que si hubiese mandado yo, la tragedia no habría ocurrido. Después oí que otros decían los mismo, refiriéndose a sí mismos. Pero no hubo tiempo ni ocasión de mostrar firmeza de carácter. Cualquier dirigente, cualquier plan sólido habría sido preferible a ninguno. Los antropólogos no han observado ninguna sociedad humana, desde el cazador-recolector al hombre postindustrial, en la que no haya habido dirigentes y dirigidos; y jamás se ha abordado ninguna emergencia de manera eficaz sin un proceso democrático.
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Quizá me encontrara mejor en la Biblioteca Wellcome. Aquí la selección de ciencias era irrisoria. Parecían dar por sentado que el mundo podía entenderse suficientemente a través de ficciones, historias y biografías. ¿Realmente creían los analfabetos científicos que dirigían aquel lugar y que se atrevían a llamarse personas cultas, que la literatura era el mayor logro intelectual de nuestra civilización?
Esta perorata interior quizá durase unos minutos. Perdido en ella, era como si yo no existiese [...] No era, por supuesto, una tabla chirriante del entarimado ni la dirección de la biblioteca lo que me molestaba, sino mi situación emocional, el estado mental y visceral que aún tenía que comprender.

jueves, 16 de febrero de 2012

La habitación cerrada / Paul Auster

AUSTER, Paul. La habitación cerrada.-- Barcelona : Anagrama, 1998

El narrador y Fanshawe se conocían desde muy niños. Antes de cumplir los siete años ya se habían pinchado en los dedos con un alfiler y se habían hecho hermanos de sangre. Estaban siempre juntos, compartían los pensamientos, y era el rostro de Fanshawe lo que el narrador veía cada vez que apartaba la vista de sí mismo. Pero eso fue hace mucho tiempo, en el remoto territorio de la infancia. Después crecieron, fueron a distintos sitios, se distanciaron y ahora Fanshawe no es más que un fantasma que el narrador, un joven crítico y periodista que ha abandonado ya la idea de escribir un gran libro, lleva dentro de sí. Hasta que un día recibe una carta de la mujer de Fanshawe. Va a verla, descubre que su amigo ha desaparecido misteriosamente hace meses y ha dejado dos maletas llenas de manuscritos que nunca quiso publicar. Y un mensaje para su antiguo amigo, o quizás una misión: que sea él quien decida si su obra debe sobrevivir o ser destruida.

Amar las palabras, tener interés en lo que se escribe, creer en el poder de los libros, esto supera a todo lo demás, y a su lado la vida de uno se queda muy pequeña.

Leí el libro hace más de dos semanas y no me ha abandonado desde entonces. No puedo quitármelo de la cabeza. Me acuerdo de él una y otra vez, y siempre en los momentos más extraños. Al salir de la ducha, andando por la calle, cuando no estoy pensando conscientemente en nada. Eso no sudece muy a menudo, usted lo sabe. Lee uno tantos libros en este trabajo que todos tienden a mezclarse. Pero el libro de Fanshawe destaca. Hay algo poderoso en él, y lo más raro es que ni siquiera sé qué es.

viernes, 10 de febrero de 2012

La historia del Señor Sommer / Patrick Süskind

SÜSKIND, Patrick. La historia del Señor Sommer.- Barcelona: Circulo de Lectores, 1992

"Probablemente, yo no hubiera aprendido a montar en bicicleta de no haber sido absultamente necesario", recuerda Süskind como también rememora, con tierna ironia, el mundo fantástico de la niñez en donde la imaginación de un niño convierte en aventura los acontecimientos diarios, entre los que destacan los encuentros con el excéntrico señor Sommer.

Eran unos sueños muy bonito, no voy a quejame; pero no eran más que sueños y, como todos los sueños, no te llenaban. Yo lo hubiera dado todo por tener a mi lado de verdad a Carolina una sola vez y soplarle en la nuca o en algún otro sitio... Desgraciadamente, esto era imposible, porque, como la mayoría de los niños del colegio, Carolina vivía en Obernsee y yo era el único que vivía en Unternsee. Nuestros caminos se separaban casi en la misma puerta del colegio e iban alejándose uno del otro por la ladera de la montaña entre los prados y hacia el bosque, y antes de entrar en el bosque ya estaban tan lejos que yo ya no deistinguía a Carolina en el grupo de niños. Sólo podía oír su risa, a veces, cuando soplaba el viento del sur, aquella risa ronca llegaba muy lejos sobre los campos y me acompañaba hasta casa. Pero, ¿cuándo había viento del sur en nuestra región?
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Lo que me enfurecía, lo que me hacía temblar de rabia, no era la bronca de la señorita Funkel, ni las amenazas de paliza y castigo. No era miedo. Era el desolador descubrimiento de que el mundo era un asco, de que todo era maldad e injusticia. Y la culpa la tenían los demás. Todos los demás. Sin excepción. Empezando por mi madre [...] y terminando por el Buen Dios, sí, hasta el llamado Buen Dios que, para una vez que lo necesitabas y le pedías ayuda, no se le ocurría nada mejor que guardar un silencio cobarde y dar curso libre al injusto destino.

lunes, 6 de febrero de 2012

La casa de los amores imposibles / Cristina López Barrio

La casa de los amores imposibles / Cristina López Barrio.-- Barcelona: Plaza & Janes, 2010

Las mujeres Laguna han cargado con una terrible maldición desde el principio de su linaje: una tras otra sufren de mal de amores y sólo dan a luz niñas que perpetúan esta cruel herencia. Pero cuando después de décadas de pasiones prohibidas y amores trágicos nace el primer varón, se abre la puerta de la esperanza. ¿será éste el fin de la maldición?

Amaneció más temprano que otros días de aquel invierno que muy pronto se convertiría en primavera. Quizá el sol, tras el suicidio de la luna, no quería dejar más tiempo huérfano al mundo.

Paseaba a diario por la avenida de los Campos Elíseos, por los alrededores de la Torre Eiffel y del demoledor edificio de Los Inválidos, aferrando un periódico o una revista en una lengua que no entendía. La nostalgia de la tumba de Esteban la llevó a vagar desde la apertura hasta el cierre por las avenidas empedradas y pendientes del cementerio de Père Lachaise. Le fascinaban los panteones, las esculturas que adornaban las tumbas ancladas en una vegetación exuberante. [...] También se dedicaba a visitar el Lovre y las galerías de arte que le recomendaba Margarita, y al atardecer se sentaba en algún café de Montmartre, cerca de la ventana, para admirar las cúpulas del Sacré Coeur o los dibujos de los pintores apostadops en la plaza, y sentía la mirada de París sobre la suya.

miércoles, 18 de enero de 2012

La flaqueza del bolchevique / Lorenzo Silva

La flaqueza del bolchevique / Lorenzo Silva.-- Barcelona: Destino, 1997.

El protagonista y narrador de esta historia se empotra contra el descapotable de una irritante ejecutiva un lunes a las ocho de la mañana. Ciertamente, él se distrajo un poco, pero ella no tenía por qué frenar en seco ni, desde lue o, escupirle todos los insultos del diccionario. Por ello, y para hacer soportables las tardes de aquel bochornoso verano, decide dedicarse «al acecho y aniquilación moral de Sonsoles». Gracias al parte del seguro, consigue su teléfono, lo que le permite varias llamadas disparatadas. También se complace en espiarla, y así conoce a su hermana de 15 años.

Aunque el protagonista no tiene ninguna fijación con las jovencitas, conserva un retrato de las hijas del zar Nicolás II. Le atrae especialmente la duquesa Olga y a menudo se pregunta qué debió de sentir el bolchevique encargado de matarla. Él, a su vez, experimentará una poderosa atracción ante la cálida sabiduría de Rosana, y una debilidad que se revelará mucho peor que cualquier accidente.

La flaqueza del bolchevique sería una novela absolutamente cómica si no fuera por el carácter inquietante que adquiere a medida que se complican las argucias del protagonista. Un ritmo ágil permite a Lorenzo Silva una historia a caballo entre la comedia, la intriga y el melodrama. Pero acaso su mayor logro sea el retrato de Rosana, una nínfula distinta de todas las nínfulas, más allá de la generación X, Y o Z y que hace flaquear -y perder el equilibrio- al lector más displicente.

Si hubiera tenido su edad, o si aquello no hubiera sido lo que era, yo la habría seguido hasta su casa discretamente y luego me habría ido a la mía a escribirle poesías. Pero aquello era lo que era y yo tenía treinta y tres años y poco gana de hacer versos, así que me dije que para qué iba a retrasarlo. Aquél era un momento tan a propósito como el que más. Salí tras ella y tres o cuatro metros antes de alcanzarla la llamé.

El verano tiene el inconveniente de que uno puede llegar a descuidarse imaginando que no hay feas en el mundo.

Por aquellas piernas habría sido capaz de ir a que me sermoneara mi dentista argentino, de depositar mis residuos de vidrio en un contenedor al efecto e incluso de colgarme al cinto un teléfono móvil.