Inspirándose en el sofisticado código que la sociedad victoriana utilizaba para expresar sentimientos por medio de las flores, Vanessa Diffenbaugh narra el viaje emocional de una joven californiana que, marcada por una dolorosa historia personal, encuentra en este peculiar lenguaje el medio para recuperar su capacidad de confiar y amar a sus semejantes. Recibida con entusiasmo por la crítica y los lectores —en Italia se han vendido más de 400 mil ejemplares—, la novela se publicará en treinta y seis idiomas.
A los dieciocho años, tras una vida entrando y saliendo de numerosos hogares de acogida y pisos tutelados, Victoria Jones está obligada a emanciparse por ley. Se ha convertido en una joven introvertida y arisca, y sólo en su pasión por las flores se vislumbra un camino de salvación. Finalmente, tras encontrar trabajo en una floristería, se cruza con un joven a quien conoció diez años antes, durante la época en que vivió en casa de Elizabeth, una madre de acogida que le enseñó el lenguaje de las flores. El misterioso joven conoce un secreto que atormenta a Victoria, aunque sólo ella puede arreglar cuentas con el pasado. Así, Victoria, que es capaz de expresar los sentimientos de los clientes con hermosos ramos, deberá aprender a interpretar sus propias emociones, la única manera de deshacerse del enorme peso que arrastra desde niña y que le impide encontrar la felicidad.
Noté cómo sus manos rodeaban los extremos de los tallos; sus dedos, que rozaron los míos, tenían la temperatura del cielo a primera hora de una mañana de noviembre. Sentí el fugaz deseo de calentarlos...
Bethany abrió los brazos y me dejé abrazar. Mi abultado vientre era como una pelota entre ambas. Ella miró hacia abajo, dio un gritito de asombro y me puso las manos en el vientre. Me pregunté cuántas veces tendría que soportar aquello en los meses siguientes, por parte de conocidos y desconocidos que me encontrara por la calle. Por lo visto, el embarazo anulaba las tácitas reglas sociales relativas al respeto del espacio personal. Era algo que me resultaba casi tan desagradable como la sensación de tener un ser humano creciendo en mi seno.
Renata me miró a los ojos y yo se lo permití. Confiaba en que viera mi añoranza, mi soledad y mi desesperación. Separarme de mi hija ya era bastante duro, y lo sería mucho más si Renata me lo recordaba continuamente. Tenía que entender que mi única posibilidad de sobrevivir a mi decisión era intentar olvidarlo todo.
Poco a poco su ausencia en el apartamento se volvió casi física y perceptible, sacudía los plásticos del invernadero o se filtraba como la luz por la rendija de la puerta de la habitación azul. En el repiqueteo de la lluvia en el tejado plano me parecía oír las voraces succiones de mi hija. Cada veintinueve días, un rectángulo de luz de luna se desplazaba lentamente por el sofá donde habíamos pasado la última noche juntas y todos los meses yo esperaba que la luna me la devolviera. Pero la luna iluminaba mi soledad y yo, sentada en su débil resplandor, la recordaba como había sido e imaginaba cómo se habría vuelto.
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