KOCH, H. Casa de verano con piscina. Barcelona: Salamandra, 2012
Autor de gran renombre en los Países Bajos —su anterior novela,
La cena,
fue Libro del Año y ganó el Premio del Público de ese país—, Herman
Koch vuelve con otra estimulante historia de suspense donde una trama
tejida a la perfección es el soporte para explorar sin ambages temas tan
actuales como la ética profesional, la falsedad de las relaciones
sociales o la difícil comunicación entre padres e hijos, así como los
límites de la libertad sexual o el sentido de culpa en el seno de una
sociedad permisiva y autocomplaciente.
Próspero médico de cabecera en Ámsterdam, Marc Schlosser ejerce su
profesión con cierta dosis de cinismo. Su nutrida clientela valora
especialmente el tiempo que dedica a las consultas, pero esta aparente
generosidad esconde unas intenciones menos nobles, que Marc disimula con
habilidad. Cuando uno de sus pacientes, el famoso actor Ralph Meier, lo
invita a pasar unos días de verano junto a su familia, Marc acepta pese
a las reticencias de Caroline, su esposa, molesta por la arrogante
vulgaridad de Ralph y su actitud de seductor irresistible. Así, los
Schlosser y los Meier, con sus respectivos hijos adolescentes,
compartirán con un maduro director de Hollywood y su novia, cuarenta
años más joven, una casa con piscina a pocos kilómetros de una playa
mediterránea. Los días transcurren con apacible monotonía, entre
comidas, paseos, largas conversaciones de sobremesa, excesos con el
alcohol y flirteos más o menos inocentes, hasta que una noche se produce
un grave incidente que interrumpirá las vacaciones y cambiará para
siempre la relación entre las dos familias.
Casa de verano con piscina es una novela apasionante en la que
nadie es del todo inocente, ni siquiera quienes parecen más frágiles e
inofensivos. Herman Koch logra que el lector quede atrapado ante una
incómoda encrucijada moral, que lo mantiene en vilo hasta la última
página.
Uno se podría preguntar cómo es posible que en un país tan rico como el nuestro existan las listas de espera. Cuando me lo planteo, siempre me viene a la mente la reserva de gas. Holanda posee uin enorme yacimiento de gas natural [...] Es más que las reservas de petróleo del golfo pérsico. Somos un pais rico [...] y sin embargo aquí sigue muriendo gente porque tuvieron que esperar demasiado tiempo un riñón, mueren recién nacidos porque la ambulancia que ha de llevarlos a toda prisa al hospital se queda atascada en el tráfico, las vidas de las madres corren un grave peligro porque nosotros, los médicos de cabecera, las hemos convencido de que parir en casa es seguro. Cuando en realidad lo que deberíamos decirles es que es más barato, eso es todo; aquí también se aplica lo de que si todas las madres ejerciesen su derecho a parir en un hospital, el sistema se vendría abajo en una semana. Ahora el riesgo de muerte de bebés, o de que sufran daños cerebrales porque en los partos en casa no se puede administrar oxígeno, simplemente forma parte de la ecuación [...] en los Paises Bajos la tasa de mortalidad entre los recién nacidos es la más alta de Europa y del resto del mundo occidental. Pero hasta ahora nadie ha sacado conclusiones de estas cifras.
En realidad un médico de cabecera es impotente ante todo esto. Puede tranquilizar a un paciente. En todo caso, puede conseguir que no acuda al especialista por el momento. Puede convencer a una mujer de que no corre ningún riesgo pariendo en casa, que es todo mucho "más natural", aunque solamente sea más natural en el sentido de que morirse también es natural.
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[...] allí estaba yo, con mi hija de trece años, prueba fehaciente de que aquel hombre tan gracioso (yo) había sido capaz de concebir una hija. Y no una hija cualquiera, sino un verdadero bellezón [...] me encanta estar con mis hijas en lugares en que todo el mundo puede vernos juntos. [...] La gente nos mira. Veo cómo nos miran. También veo qué piensan. "Madre mía, qué bien le han salido esas niñas! -se dicen-, pero ¡qué guapas son!" Al instante siguiente piensan en sus propios hijos que no han salido tan guapos. Se ponen celosos [...] A los niños feos también se les quiere con toda el alma, pero es distinto. Eres feliz con tu casa en el tercer piso y vistas al tragaluz, y entonces van y te invitan a cenar en una casa con piscina en el jardín.